martes, 9 de septiembre de 2014

Charles Schmid (Tucson, 1942 - Florence, 1975)

Charles fue un niño adoptado por un matrimonio que regentaba un asilo en el norteamericano estado de Arizona. En su adolescencia, a finales de los años 50, se volvió un apasionado del rockabilly, teniendo a Elvis como máximo ídolo, del cual copiaría su costumbre de tintarse el pelo de negro azabache, mover el labio superior hacia un lado y arriba (como si un hilo tirase de él) y darse un poco de rimmel en los ojos. El resto de su imagen eran como la de muchos rockers, solo que también se pintaba un falso y enorme lunar en la mejilla y se llenaba sus altas botas camperas (que llevaba por fuera del pantalón) con papel de periódico y latas de cerveza chafadas para aparentar más altura, ya que aunque atractivo, era bastante bajito. Esto no afectaba a su auto-estima, ni mucho menos, ya que era una estrella de la gimnasia deportiva en el instituto. Su estética y su rebelde comportamiento le granjearon serios problemas con su padre adoptivo, los cuales terminaron afectando al matrimonio Schmid, que terminó en divorcio. Charles encontró a su madre biológica pero fue rechazado cruelmente, lo cual agrió su carácter y le volvió un cínico sin escrúpulos y un mentiroso compulsivo que terminó siendo expulsado del instituto por robo. El último contacto con la inocencia lo perdió cuando su madre, a principios de los años 60, le dejó irse a vivir solo a una cabaña, con el coche, una moto y una paga. Ya popular de por sí, el carismático chico se convirtió en una especie de Dios para los jovenes de la ciudad que se creían todas sus historias, admiraban su fama de duro y su generosidad, envidiaban sus triunfos en el circuito de velocidad y, sobre todo, su éxito con las chicas. Estas quedaban prendadas de él una tras otra hasta extremos dificilmente creibles, seguramente atraidas por su anacrónica estética basada en el rocker duro en una época en que ya dominaban el panórama los jóvenes sensibles, languidos y la música pop. Algunas de sus novias llegaron al extremo de prostituirse para él o de ingresar sus nóminas directamente en su cuenta. Eran una multitud de chicos de ambos sexos los que le seguían y obedecían ciegamente hasta el punto que se le conocía en la ciudad como El flautista de Tucson, en recuerdo del de Hamelín, aunque sus seguidores le llamaban, simplemente, Smitty. Él, por el contrario solo se quería a sí mismo y al rock & roll. Su ego le llevó a probar si su poder y el que ejercía sobre los demás tenía límites, y el 31 de mayo de 1961, mientras bebían, le dijo a sus amigos Mary French y John Saunders que quería matar a una chica esa misma noche. Como si de una zombi se tratase, French fue a por una amiga de 15 años, para que se fuera a dar una vuelta con ellos en el coche de Schmid. Al llegar al desierto Saunders y Schmid la arrastraron entre unos arbustos y este último la violó. Después ordenó a Saunders que la matase con una piedra, pero cuando este dudó la chica salió corriendo. Schmid la dió alcance y la mató con una roca. Luego la enterraron y siguieron bebiendo. Schmid le contó a una de sus novias, Gretchen Fritz, hija de uno de los más prominentes hombres de la ciudad, lo que había hecho y está, empezó a chantajearle con decírselo a la policía si no dejaba de salir con otras chicas y para que no rompiese con ella. En agosto, harto, Schmid se llevó de paseo al desierto a Gretchen, que estaba con su hermana de 13 años, y las estranguló a las dos. Tan seguro estaba de su poder sobre los demás que volvió a cometer el mismo error y, no solo se lo contó a otro amigo, sino que le enseñó donde había enterrado los cuerpos. Este en principio guardó silencio, pero cuando empezó a tener pesadillas con Schmid matando a su novia, fue a contarlo a las autoridades. French fue sentenciada a cinco años de prisión, Saunders a cadena perpetua y Schmid a muerte, pero la suerte acompañó a este tiparraco cuando la pena capital fue abolida en Arizona poco después. En prisión Schmid empezó a escribir poesía, algo para lo que parecía tener talento según los críticos, pero esta aparente sosegada afición escondía su intención de fugarse, algo que consiguió al tercer intento en 1972 junto a otro triple asesino, Raymond Hudgens (este había matado a su mujer y a sus suegros). Perseguidos sin descanso se refugiaron un tiempo en una granja, donde tomaron cuatro rehenes, antes de separar sus caminos. Finalmente fueron capturados y devueltos a la cárcel. Habían estado libres solo unos días. En 1975 Schmid fue apuñalado por otros dos presos 47 veces, al parecer hartos del complejo de superioridad del rocker. Esta vergüenza para el rockerío aun sobrevivió veinte días al ataque. Varios libros ("¿A donde vas? ¿Donde has estado?", "The lost"...) y películas ("Los asesinatos de Todd", "Seducida", "Dead beat", "The lost"...) han revivido estos hechos de forma más o menos fiel.